Danzar cuando la tierra tiembla

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Entre las estrategias que existen para evitar el derrumbe de los rascacielos cuando hay terremotos, se distinguen dos fundamentales. Una es aquella en la que piensa todo el mundo que no sabe nada de ingeniería. Es decir, hundir los cimientos cuanto más al fondo mejor, y que el esqueleto del edificio sea lo más sólido posible. Pensar en ir a la contra de las circunstancias con el deseo de ser más fuerte que ellas. La otra opción es en la que solo algunos ingenieros han pensado, y que sigue la lógica opuesta a la primera. Aprovechar el efecto de las circunstancias para evitar que éstas echen abajo lo construido. Esta última estrategia se llama aislamiento sísmico y consiste en crear una base hecha de muelles, cojines de aire o placas deslizantes que separa al edificio del suelo, de tal forma que cuando el terremoto sacude, el edificio se mueve con el suelo de forma controlada. Para evitar que se desplaze sin colisionar las construcciones que tiene alrededor, el edificio está introducido dentro de pequeño un hueco excavado en el suelo, cuyo contorno le sirve de tope.

Las estrategias para consolidar una compañía de teatro estable creo que no son muy diferentes a las planteadas por los ingenieros antisísmicos. Se puede por un lado instaurar un código ético de acero sobre el cual construir el armazón ideológico y artístico del grupo. En tal caso las fronteras que delimitan la identidad del grupo son tan claras como inamovibles. Los miembros se mueven al son de códigos de conducta precisos y predefinidos. Si la música suena acompasada, si hay un acuerdo tácito y profundo, trabajado a través del diálogo y el tiempo, el grupo se equilibra en sintonía silenciosa, aunque desde fuera quizá se perciba cierta atmósfera marcial, como si en la cercanía las distancias se alargasen. Por otro lado, se puede generar un sustrato de valores flexible, que aún siendo claro, mantenga un margen de holgura suficiente para adaptarse a las circunstancias, particularmente cuando los vientos son desfavorables. El grupo se mueve buscando la armonía sobre un terreno que tiembla sin avisar, pero lo hace hasta un límite, el límite más allá del cual su identidad se difumina; tal y como los edificios en aislamiento sísmico están sobre un hueco que les impide moverse sin control. Esa pequeña parcela es su patria, un terreno cultivado con ideas, estéticas, con relaciones humanas.

Ambos acercamientos son posibles. Al menos yo he conocido compañías que han salido adelante siguiendo uno u otro camino. En mi recorrido, sin embargo, aunque la escala de colores oscila en la gama intermedia del negro al blanco, siempre me he inclinado hacia la segunda opción, buscando que la resistencia venga más por la elasticidad y la adaptación que por la inmovilidad y la dureza; una estrategia antisísmica que los ingenieros llamarían aislamiento sísmico. El término no es quizá del todo preciso. Aislamiento puede sugerir un encerramiento, una negación de lo que sucede más allá de las cuatro paredes. La idea que subyace es más bien la contraria: encender la atención y dialogar con lo que se mueve en el exterior, con el objetivo de no perder el discurso interno. No se trata pues de permaner inmóvil cuando el terremoto amenaza, sino de estar preparado para danzar si el suelo vibra.

Es tiempo de ciclogénesis explosivas. Aquellas que nos afectan no se anuncian como alerta en los boletines meterológicos. Pero sabemos que mucho de lo construido durante largo tiempo se ha desplomado, y que otro mucho de lo que aún sigue en pie vive bajo la amenaza de derribo inminente. Se buscan estrategias que hagan frente a estos terremotos ideológicos y económicos que desde algún lugar quizás no tan remoto alguien activa con una palanca. Ojalá que cuando la tierra vuelva a temblar, nuestros cimientos hayan aprendido el paso de baile que los mantenga erguidos.

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