El fracaso es mudo

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Las redes sociales tipo facebook se han convertido en nuestro centro cosmético habitual. Allí moldeamos nuestra imagen para que el mundo la vea. Como si estuviéramos frente al espejo antes de acudir a un evento importante, las actividades profesionales y cotidianas que mostramos buscan resaltar nuestra figura virtual. Salvo excepciones, siempre exponemos los proyectos más interesantes, nuestros encuentros más brillantes, las fotos con nuestro mejor perfil. Con más o menos conciencia, hacemos una selección que deja oculto nuestro lado opaco, irregular, esa otra cara con acné o arrugas que completa nuestro rostro.

Se dice que los errores son humanos, pero por lo visto más humano es esconderlos. En una sociedad tan encabronada y competitiva, con tan poca tarta para muchas bocas, errar deja de ser parte fundamental de un proceso de aprendizaje, deja de ser ese don natural que exalta nuestra esencia imperfecta, para convertirse en tabú, en sello de mediocridad, algo destinado a ser barrido bajo la alfombra de nuestro salón al que cualquiera puede asomarse. La cirugía virtual a la que sometemos a nuestra imagen en facebook y medios afines refleja esa censura permanente y silenciosa del fracaso a la que obliga la sociedad.

A pesar de que las decepciones y desengaños son fieles acompañantes de nuestra cotidianidad, no resulta fácil hablar abiertamente sobre ellos. Nathalie Sarraute escribió una inquietante obra, “Por un sí o por un no”, donde revela el fracaso de una relación de dos hombres, precisamente haciendo que ambos personajes no sean capaces de hablar explícitamente sobre el problema que tanto les acucia. Los personajes hablan y hablan, pero la palabra se vuele una vía de acercamiento cortada, un camino ciego al que los personajes van a parar una y otra vez. A través de este bello texto, Sarraute no sólo plasma que la comunicación, o mejor dicho su falta, puede ser la raíz desde donde crecen las mayores enemistades, sino también que la imposibilidad de aceptar y compartir los fracasos es algo que nos aleja irremediablemente de las personas.

Desde hace años devoro libros de los grandes maestros y maestras de la escena. Siempre son capaces de apuntar nuevos territorios de búsqueda. Observando su recorrido , su forma de acometer la dramaturgia, el trabajo actoral, su posicionamiento ético, uno encuentra claves sobre su propio devenir. Pero con el tiempo me llega a incomodar que apenas dejen espacio para hablar de sus fracasos. Apenas sabemos nada de aquella idea que no fructificó, de sus proyectos abortados, de los diversos problemas que aparecieron durante sus procesos creativos. Nos llega entonces una imagen idealizada de su trabajo, demasiado perfecta, donde se corre el riesgo de que el espejo que uno busca se convierta en un espejismo en el que uno no se vea reflejado. Pues es seguro que el recorrido de uno está y estará plagado de errores, de decisiones equivocadas, encuentros desagradables, temporales de mala suerte e incluso sequías creativas.

En una entrevista reciente, Marina Abramovic decía: “El gran artista debe estar listo para errar, una disposición que es poco frecuente en los artistas. Estar preparado para errar ayuda a no repetirse, pues uno cae fácilmente en la repetición si busca reeditar un éxito obtenido previamente. El gran artista siempre cambia los territorios, llega a terrenos en los que no ha estado nunca, lugares desconocidos donde puede fallar, donde puede arriesgar. En esos fallos está la grandeza del artista”. Añadiría que el artista debe estar preparado para errar no porque sea grande, sino porque simplemente es humano.

Escribo todo esto desde Umeå (Suecia), en nueva estancia del proyecto “Corners of Europe”, donde varios artistas trabajamos con niños de la periferia social, con el fin de realizar un proceso creativo conjunto que finalmente desembocará en una suerte de espectáculo. Pasamos largo tiempo planificando las sesiones de trabajo, aún sabiendo que los niños tienen gran capacidad para hacer lo imprevisible con cualquier plan previsto. Frente a esta contradicción, jugamos siempre con una premisa: celebrar los errores. Preferimos que el plan estructurado sea flexible y cambie con la espontaneidad de los niños, a ceñirnos obcecadamente a nuestras ideas preconcebidas. Damos espacio y tiempo a los errores, incluso los repetimos y ensayamos. Lo que a nuestros ojos parece un error, una desviación del plan trazado, hace que las acciones de los niños sean más vivas y humanas. Las hace más teatro.

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