Expectadores

columna_borja_exp

¿Se acuerdan de la perra de Eduard Punset? La mencionamos hace varios meses en este mismo sitio pero con diferente intención. El caso de su perra le servía a Punset para concluir que probablemente la sede de la felicidad está en una antesala. Es decir, que sentimos placer y entusiasmo no tanto cuando se consuman nuestros anhelos, sino en el preludio, mientras percibimos que éstos están a punto de cumplirse. Según dice el divulgador catalán esta idea le sobrevino gracias a su perra. Cuando cocinaba la comida del animal, ésta revoloteaba inquieta a su alrededor, exultante, con la saliva haciéndose cascada lengua abajo. Era evidente que en esos momentos la perra era feliz. Sin embargo, en cuanto ponía lo cocinado en el plato, la perra se calmaba, su rabo dejaba de aletear y, apaciblemente tumbada, engullía la comida. Una vez resuelto aquello que a la perra le producía tanta expectación, desaparecía el resorte que la hacía brincar de alegría.

Desde que conocimos a otro perro -el de Pavlov-, sabemos que al menos en el estrato de los instintos, no somos muy diferentes de los perros. Así pues, es fácil reconocernos en una situación similar a la de la perra de Punset. Prueben si no a sustituir la comida de can por otros bienes más apetitosos, como un coche o un piso recién comprado, un proyecto artístico nuevo o un encuentro con alguien que verdaderamente les gusta. ¿Reconocen la pasión que se enciende en la antesala de estas situaciones?

Hace unos años un bailarín realizaba la siguiente acción en plena calle: en cuclillas sobre una silla comenzó a serrar las patas que lo sostenían. Primero serró una, de forma que tuvo que mantener su equilibrio sobre tres patas. Y después, siempre de cuclillas sobre la silla, empezó a serrar la segunda. Era una acción ciertamente larga, aparentemente sencilla, pero los espectadores se fueron acumulando alrededor, con la atención despierta, como la perra de Punset, esperando para comer aquello que se estaba cocinando. ¿Sería capaz de serrar la tercera pata? ¿Qué haría después? ¿Se caería? ¿Nos sorprendería con algún movimiento original? Ninguno de los espectadores abandonó el lugar hasta ver el desenlace final.

La palabra “espectador” viene del latín “spectare”, que significa mirar. De ahí que espectador sea “quien mira” y espectáculo “aquello que se mira”. Y sin embargo, a la luz de lo comentado, parece una visión un tanto simplificada, porque la mirada del espectador no es simple contemplación, sino una mirada filtrada por la memoria, los prejuicios y los anhelos y, por tanto, cargada de expectación. Hablamos de espectadores y expectación, y resulta que ambas tienen el origen en la misma palabra. La segunda surgió cuando al verbo “spectare” se le puso una “x” para convertirse en “expectare”, y adquirir el significado de mirar esperando a que algo suceda. Si un espectador no es alguien que simplemente mira, sino que mira con todos los sentidos aguardando cualquier acontecimiento, tal vez deberíamos llamarlo “expectador”.

La siguiente pregunta tiene aspecto de trabalenguas: ¿Cómo alimentamos la expectación de un espectador a lo largo de un espectáculo? Ante la cual aparece una constatación que es difícil de salvar: la expectación del espectador muere si sus prejuicios se confirman. Al mencionar los prejuicios del espectador, no me refiero a prejuicios de índole moral o ética, sino a prejuicios de un nivel sensorial y estético. El espectador formula constantemente juicios dentro de sí sobre los diferentes aspectos del espectáculo que espera se corroboren: sobre su ritmo, sobre su color, sobre la atmósfera que lo envuelve, sobre la interpretación de los actores. Si un espectador percibe desde un inicio cómo será el espectáculo y éste no hace sino confirmar sus intuiciones, la expectación del espectador, la cualidad principal que lo define, desaparece. ¿Cómo desvelar entonces los momentos de tensión de la trama y de los personajes para derribar los prejuicios estéticos del espectador? ¿Cómo crear la impresión permanente en el espectador de que algo aún está por suceder? ¿Qué vida se vierte en cada elemento escénico para sortear su capacidad de anticipación?

Aunque no se formulen explícitamente, crear en teatro es trabajar activamente sobre estas preguntas, aun sabiendo que no se encontrarán respuestas unívocas. Es entender que cuando el espectador mira, lo hace para confrontar sus expectativas. Que lo que llamamos espectador es, más bien, un expectador.

Deja un comentario

Tu email no se publicará. Campos obligatoríos marcados con *