Fábrica de Momentos

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Sea lo que sea lo que hagamos, dondequiera que lo hagamos, siempre buscamos sentirnos realizados. Y para sentirnos realizados necesitamos progresar. Y no sólo eso: necesitamos percibir el progreso en nosotros y poder mostrárselo a los demás. Es algo innato en nosotros que por mucho que aderecemos con discursos intelectuales y buenas formas, subyace en cada una de nuestras acciones. El deseo de progreso está siempre ahí, aunque a veces no lo escuchemos. Funciona como un motor silencioso que trabaja sin descanso, como las patas de los gansos que chapotean sin cesar bajo una presencia majestuosa. Schof, schof, schof. Siempre queremos ser mejores de lo que fuimos ayer. Y cuando lo conseguimos queremos disfrutarlo y que los demás disfruten observándonos.

José Antonio Marina, filósofo y viejo conocido en esta columna, cree que todo esto de lo que hablo se materializa y expresa de forma inequívoca cuando somos niños, cuando las palabras todavía salen sin pulir por la boca y decimos: “¡Ama-ama-ama! ¡Mia, mia lo que hago!”. Ahí está. Sentimos haber alcanzado un logro, algo inimaginable para nuestra pequeña cabecita, y necesitamos compartirlo con alguien cercano. Imperiosamente. Alguien que lo vea y lo aplauda. Sin alabanzas no hay paraíso. La cuestión es que por muy mayores que nos volvamos o nos creamos, esta propensión a demostrar nuestros méritos recientes no desaparece. Se vuelve una necesidad sutil, secreta, escondida, que no ensucia nuestras apariencias. Pero sigue estando ahí. Aunque apenas se la sienta. Como las patas de los gansos.

Nos toca hablar de las gentes que viven en el arte y sus alrededores, y quizá ya se huelen las preguntas: ¿En qué dirección progresamos en estos momentos cuando la estructura que habitábamos está derruida? ¿Dónde pisamos ahora cuando lo que antes era sólido ha dejado de serlo? ¿Cuáles son las coordenadas según las cuáles decidiremos qué es éxito o fracaso? ¿Cuándo exigirá nuestro niño interior ser el foco de atención por haber alcanzado una meta?

Y ahora nos toca hablar de teatro. Hace un tiempo progresar podía ser tener cada vez más funciones. Tener mejores contratos. Que se aplaudiese tu trabajo aquí, pero también en algún lugar remoto. Ganarse la vida haciendo arte. Y con el tiempo ganársela holgadamente. Que llegado un momento el sueldo diese para celebrar fiestas sin tener que presupuestar la alegría de antemano. Que la furgoneta deje de ser un camerino. Que el camerino deje de ser el restaurante que siempre ofrece sándwiches para cenar a deshora. Desacostumbrarte a cargar y descargar escenografías para que se acostumbren otros. Que lo más cansado que haya que hacer sea la función y no su desmontaje.

Hace un tiempo, decía, quizá podíamos trazar la trayectoria de nuestro progreso por estos derroteros. Pero hoy sabemos que son caminos etéreos. Que quizá estuvieron ahí durante algún tiempo, pero hoy nadie puede contar con ellos. O peor. Que si seguimos empeñados en intentar mejorar nuestro status por estas direcciones exclusivamente materialistas, probablemente acabemos perdiendo el norte, convirtiéndonos en aquello que nunca quisimos, mercaderes desalmados que ponen título a su mercancía: arte. El riesgo es concreto: en la lucha por un progreso económico imposible, acabar siendo mercenario, alguien que sólo acepta intercambios interesados y nunca interesantes; una suerte de artista degenerado que cede a otros su impulso creativo, para satisfacer los impulsos menos creativos.

Es obligado entonces redefinir nuestro concepto de progreso en cuestión de arte escénico. Valorar cada acción por la capacidad de revelar esas pepitas esenciales que guardan intacto su aroma antiguo. Comunidad. Encuentro. Viveza. Humanidad. Trasvase de emociones. De pensamientos. De imágenes y sonidos. Visualizar el teatro como una fábrica de Momentos. Con mayúscula. Momentos que son palabras, que son movimientos, ecuaciones imposibles de luces y negros, Momentos que se hacen con un simple gesto, con una nota o un desgarro desafinado. Que al final, el verdadero oficio sea crear instantes que nacen irrepetibles para ocupar, sin permiso, nuestra memoria. Y que eso sea suficiente. O mejor. Que lo sea casi todo. Que sólo falte esa mirada que dé sentido completo a nuestros progresos.

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