Viajes de papel

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Creo haber estado el 22 junio de 1897 en el restaurante donde Nemirovich-Danchenko y Stanislavski discutían sobre lo que después sería el Teatro de Arte de Moscú, escuchando debajo de una mesa.

Creo haberme escondido detrás de una de las columnas del Partenón de Atenas cuando Isadora Duncan, notoriamente intimidada ante tanta piedra alzada, era fotografiada por Edward Steichen. Creo haber presenciado un ensayo del laboratorio de Grotowski, agazapado en una sombría esquina, viendo una escena en la que Cieslak trabajaba sobre unas mesas y las hacía volar con una precisión inverosímil. Creo haber asistido a un curioso cabaret dirigido por el Dr. Dapertutto -el pseudónimo de Meyerhold cuando quiso trabajar al margen de los teatros imperiales- en un sórdido sótano de Moscú. Creo haber visitado todos estos lugares y haber vivido estas experiencias sin haberme levantado de la silla desde la que hoy escribo. Es lo que sucede con algunos libros, que frase a frase, historia a historia, viajas de la mano con ellos.

Hace unos años leí otro de esos libros capaces de transportar y transformar la imaginación de quien tiene interés por el teatro. Se trataba de “La preparación del director” de Anne Bogart. Allí descubrí un seductor discurso sobre lo que significa hacer teatro, una bella disertación sobre el proceso creativo que se abría entre la coherencia y el magma, entre la reflexión y el instinto, entre la rebelión y el compromiso. El libro, lejos de saciar mi ansia de conocimiento sobre su autora y sus actividades, lo encendió aún más. Al acabar la última página comencé a indagar más sobre Anne Bogart. Poco después descubrí su compañía, la SITI Company, y su particular forma de entrenamiento basado en los Puntos de Vista Escénicos y el Método Suzuki. A cada nueva lectura, mi interés fue incrementándose hasta hacerse insaciable. Para entonces el viaje metafórico a través de las palabras ya era insuficiente. Debía viajar a Estados Unidos para conocer el trabajo de Anne y la SITI Company en persona.

Así aterricé en Nueva York, hace ahora más de un año, con la intención de aprender y trabajar durante un mes intensivo con esta compañía. De los calcetines gruesos y los pantalones cortos del entrenamiento de Suzuki, a la ligera ropa de los Puntos de Vista Escénicos, pasando por el cuaderno y el bolígrafo de las clases de dramaturgia, mi estancia allí fue un cúmulo de múltiples experiencias, todas enriquecedoras. Entre ellas la más gratificante, al menos para mí, fueron las sesiones de “composición” con la propia Anne. Dichas sesiones consistían en la creación de piezas de unos diez minutos que tras una semana de ensayos mostrábamos a Anne y que ella, con un guante de seda y otro de metal, analizaba cuidadosamente tratando de dar las claves fundamentales para su mejor desarrollo. Todas las composiciones tenían como punto de partida a “Las troyanas” de Eurípides. La razón de esta elección era sencilla: la SITI Company debía estrenar al cabo de un año, en Los Ángeles, un espectáculo basado en dicha obra.

Hace poco leía un artículo sobre la compañía y su reciente nuevo espectáculo, que finalmente lleva como título “Trojan women (After Euripides)” [Las troyanas (Después de Euripides)]. El texto incluía una entrevista a Anne Bogart. En ella hablaba sobre los aspectos contemporáneos de la obra, sobre la nueva perspectiva que había aplicado el dramaturgo irlandés Jocelyn Clarke y, de forma más general, sobre las implicaciones que conlleva hacer teatro en estos tiempos tan impredecibles. “Hacer teatro es siempre violento. El coraje necesario para cometer un error es lo que hace que nos sintamos avergonzados y proviene del miedo a lo desconocido. Trabajar con el coraje y la fuerza propios de alguien que sabe lo que está haciendo es la paradoja en la que vivimos. Vivimos en permanente cambio”, decía. Para guardar en el fichero.

Mientras leía el artículo, por un momento me pareció estar el 7 de septiembre en Los Ángeles, en el estreno de “Trojan women (After Euripides)”. Diluido en algún lugar de las últimas filas del teatro, admiraba el mestizaje entre lo clásico y lo contemporáneo del espectáculo, la exuberante mezcla de sensibilidad y fuerza de sus actores, y la puesta en escena concebida no sólo desde un punto de vista artístico sino como una toma de posición comprometida ante la historia que se cuenta. Nada más acabar la función, de pie junto a otras sombras, me pareció estar aplaudiendo hasta quedarme sólo en el patio de butacas. Sólo un rato después me di cuenta de que no aplaudía, de que aquel ruido seco y atropellado no eran mis palmas chocando entre sí, sino el sonido de mis yemas golpeando contra el teclado.

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